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Dom., Dez.

La siguiente convicción el Primer Maestro la repitió en varias formas y en diversos momentos: «Primer y fundamental apostolado: el reclutamiento y la formación de las vocaciones... Cuidar las vocaciones es la tarea de las tareas. El primer apostolado de Jesús fue buscar y entrenar sus continuadores: los apóstoles. Antes de comenzar la predicación, ya se había rodeado de un pequeño grupo de futuros apóstoles. Alrededor de ellos pasó la mejor parte de su vida pública. Las demás obras se llevarán a cumplimiento si existen los trabajadores». (CISP p 561). Opté por esta frase por el hecho que me parece la más indicada para corroborar el tema que elegí para mi colaboración. «»

Jesús fue un formador, no un profesor; fue un maestro, no un instructor. Esto significa, por una parte, que para Jesús, si bien la instrucción era importante, también tenía claro que por sí sola era insuficiente; por otra parte, Jesús no tenía alumnos sino discípulos, que serían los continuadores de su obra evangelizadora. ¿Cuáles son las características que podemos observar en Jesús como formador? En esta colaboración sólo mencionaré una de ellas: tenía un proyecto claro.

Jesús no se autodefinió como «formador». Pero sí podemos atribuirle este título, ya que aparece registrada en los Evangelios una terminología que guarda relación con un amplio campo semántico en el que podemos ubicar una especie de actitud formadora de Jesús; es decir, lo que el Maestro enseñaba y hacía, era útil para y tenía unos efectos precisos sobre la formación. Por ejemplo, podemos hablar de él como formador porque, no sólo es presentado como alguien que enseña, sino que lo hace con autoridad (Mc 1, 2128). Cuando llama a sus discípulos para que sean sus seguidores, lo hace no sólo para que estén con él, sino también para prepararlos y enviarlos a predicar la Buena Noticia. Estos elementos, entre otros, guardan relación con una actitud formadora de Jesús.

Para presentar a Jesús como un formador de evangelizadores no tomo en cuenta las posturas de algunos estudiosos de la Sagrada Escritura que «dividen», a veces tajantemente, al Jesús histórico del Jesús de la fe. No me intereso en ello porque, primero, no es mi campo, y segundo, prefiero acercarme y gozar de la belleza del Evangelio sine glossa, tal como nos lo trasmite el Magisterio de la Iglesia.

Todo buen formador tiene una proyecto claro; sabe lo que da sentido a su ser y quehacer; aplicando esto a Jesús, vemos que estuvo profundamente convencido de que con las palabras que decía y las acciones que realizaba se debía experimentar algo totalmente nuevo. Con Jesús Dios se estaba introduciendo en la historia humana; Jesús era consciente de estar comenzando un tiempo nuevo en el cual aparecía con plena claridad que Dios no quería dejar a los hombres solos en sus dificultades, en sus problemas y en sus esperanzas; tenía claro que Dios quería construir con los hombres y mujeres, una vida más humana, un mundo más ecuánime, más justo, una sociedad más fraterna; Dios quería que la verdadera felicidad llegara a todos los rincones de la tierra, sobre todo a aquellos más maginados de la sociedad. Por eso puedo decir: Jesús, como formador tenía un proyecto claro y a él dedicó todas su vida.

Por esta razón la predicación de Jesús consistía en anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1,15). Estrictamente hablando no se puede definir el Reino de Dios. Pero, los textos evangélicos sí dejan claro que este Reino es la afirmación histórica de la soberanía de Dios, la revelación de su misericordia y de su presencia, que ha de cambiar de raíz la realidad; aquello que se espera para un futuro cercano, pero que ya se está abriendo paso en la historia. Este era y es el proyecto que Jesús tenía claro.

* Don José Salud Paredes, Consigliere generale, è il presidente del Segretariato Internazionale per la Pastorale Vocazionale e la Formazione (S.I.F.)