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DON VALDIR JOSE DE CASTRO
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Sobre la situación actual de Venezuela convergen múltiples miradas, no todas ellas exentas de sesgos que tergiversan los acontecimientos. Para nosotros, todo podría resumirse en algunos hechos: empobrecimiento crónico, desmoronamiento de toda posibilidad de proyectar y pérdida de autonomía financiera. Todos los parámetros, aun los más optimistas, dejan presagiar que, si bien podría haber un despunte económico basado en reformas políticas, el daño colateral es irreparable. Todo un contexto ideal para dejarse llevar por la desesperación o el fatalismo.

El momento histórico en que Don Alberione dio inicio e imprimió su mayor fuerza de crecimiento a su obra, fue quizás el de mayor precariedad del siglo pasado. Dar inicio a una obra religiosa en condiciones tan adversas sólo podía venir de alguien que, como Pablo, reconocía que para Dios nada es imposible, que la fuerza de una persona de fe es su fragilidad, para que así se despliegue el poder del crucificado. Haber escogido a san Pablo como inspirador ideal, es aceptar nuestra obra como un puro fruto de la gracia y nos asocia a Cristo en su escandalosa manera de salvar a la humanidad.

Sin lugar a dudas, la situación que vivimos puede atrapar como testigos impotentes o, hasta conducirnos a un activismo frenético, a un individualismo larvado, en el que cada quien mira su propio ángulo. No basta constatar “con lágrimas en los ojos”, el deterioro actual. Nos queda la plena certeza de que esta crisis es una formidable oportunidad, porque Aquél en quien pusimos nuestra esperanza nunca defrauda.

Estos tiempos difíciles, de abierta fragilidad, nos invitan a renovar nuestra ofrenda personal con una vivencia de la pobreza que se parezca más a la de la gente que sufre y no a la de quienes todo lo tienen. Debemos reforzar nuestra necesidad de trabajar en equipo, de actuar como evangelizadores en la cultura de la comunicación, de aceptar el desafío de ser apóstoles de tiempos difíciles, dignos hijos de Pablo y Alberione.

Es posible que las circunstancias nos lleven a deber cerrar o reducir algunas actividades. Es también posible que, ante la falta de alternativas, debamos plegarnos a las exigencias que las autoridades plantean para la adecuación al actual cono monetario y de los nuevos salarios. Quizás debamos afrontar el doloroso hecho de prescindir del personal que no estemos en condiciones de mantener. Pero, sólo así entenderemos que nuestra fortaleza es nuestra debilidad. Porque, ¿quién podrá separarnos del amor de Cristo? Ni las pesimistas previsiones financieras, ni la amenaza de no ser capaces de continuar la misión, ni los temores de estar “arando en el mar”. Esta vida de pobreza y austeridad, podría darnos la oportunidad de volver al genuino espíritu evangélico, no con la nostalgia de tradiciones pasadas, sino con aquel misticismo apostólico que germina en las personas de Dios, impregnadas del espíritu de las bienaventuranzas.

El 24 de agosto de 1968 el Papa Pablo VI inauguraba la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en la ciudad de Medellín bajo el siguiente tema “La presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio Vaticano II”. 

La Iglesia latinoamericana, en esta II Conferencia, se proponía asumir el espíritu renovador del Concilio Vaticano II, tres años apenas concluido. Su intención era contextualizarlo en la realidad propia de esta Iglesia. En este momento se enfrentaba a grandes transformaciones políticas, sociales, económicas. El espíritu conciliar se hacía en un continente marcado por una pobreza que gritaba al cielo.

Efectivamente, la Conferencia de Medellín no queda reducida a una sola recepción creativa del Concilio, sino que significó para la Iglesia de América Latina una nueva etapa en su vida, caracterizada por una profunda renovación espiritual y por una intensa sensibilidad social. Por su parte es preciso mencionar que Medellín marcó la agenda y el rumbo de la Iglesia en este Continente.Ha sido tanto su influencia que no es posible entender la Iglesia en estas Naciones sin hacer una referencia obligada a Medellín.

Medellín se da la tarea de hacer una lectura de los “signos de los tiempos” en nuestro continente, el mensaje introductorio de los Documentos finaleslo afirman claramente: “A la luz de la fe que profesamos como creyentes, hemos realizado un esfuerzo para descubrir el plan de Dios en los signos de nuestros tiempos”. Por tanto, es preciso interpretar que las aspiraciones y clamores de América Latina son signosque nos revelan el plan salvífico.  A continuación menciono algunos ejes que marcarán historia en los años sucesivos a la Conferencia.

  1. Opción por los pobres: Los Obispos en Medellín, consciente de la realidad que se vive en nuestro continente, estiman que el mayor desafío que enfrentan es la situación de la pobreza en la que están hundidos pueblos enteros “Queremos que nuestra Iglesia Latinoamericana esté libre de ataduras temporales, de convivencias y de prestigios ambiguos, libre de espíritu respecto a los vínculos de las riquezas, que sea una iglesia transformadora y fuerte en su servicio, que esté presente en la vida y las tareas temporales reflejando la luz de Cristo, presentes en la construcción de un mundo mejor…” (cfr. Medellín, Pobreza en la Iglesia n. 18)
  2. Opción por la liberación: América Latina esta evidentemente bajo el signo de la transformación y el desarrollo, transformación que además de producirse con una rapidez extraordinaria llega a tocar y conmover todos los niveles del hombre, desde el económico hasta el religioso. Esto indica que estamos en el umbral de una nueva época histórica en nuestro continente, llena de un anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva.
  3. Las comunidades eclesiales de base: La comunidades eclesiales de base constituyen hoy por hoy un rasgo característico de la Iglesia Latinoamericana. El documento define las comunidades de base como “una comunidad local o ambiental, que corresponda a la realidad de un grupo homogéneo y que tenga una dimensión tal que permita el trato personal fraterno entre sus miembros” (cfr. Medellín. Pastoral de conjunto n. 10) Por tanto son comunidades eclesiales pequeñas de dimensión humana, que permitan la ministerialidad y la corresponsabilidad de todos reunidos en torno a la fe y al compromiso social y político, particularmente a favor de los pobres. 
  4. Opción por la justicia social: El documento al referirse a los movimientos laicales, manifiesta que las organizaciones sindicales campesina y obrera, a la que los trabajadores tienen derecho, deberán adquirir suficiente fuerza y presencia. Sus asociaciones tendrán una fuerza solidaria y responsable, para ejercer el derecho de representación y participación en los niveles de la producción y de la comercialización nacional, continental e internacional. Así como también deberán ejercer su derecho de ser representados, también, en los niveles políticos, sociales y económicos, donde se toman las decisiones que se refieren al bien común (Cfr. Medellín, Movimiento de laicos n. 12).
  5. Una Iglesia que quiere ser profética: Medellín insiste en señalar que en América Latina el rostro de la Iglesia que se presenta es el de una “Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida con la liberación de todo hombre y de todos los hombres” (cfr.  Medellín, juventud n.15). La Iglesia es de este modo una comunidad enteramente misionera, que despliegue una diakoniade servicio profético que la hace, en palabras de los mismos obispos, en una comunidad de fe “personal, adulta, interiormente formada, operante y continuamente confrontada con los desafíos del mundo” (cfr. Medellín, pastoral de las elites n.13).

Es preciso volver a mencionar que la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano dio comienzo a una nueva etapa en la vida de la Iglesia de nuestro continente y ha sido una brújula orientadora que ha marcado su caminar durante las últimas cuatro décadas y ha sido un punto de inicio para los grandes temas de las posteriores Conferencia del Episcopado Latinoamericano. Son documentos que aun continúan teniendo una vigencia actual en nuestra Iglesia Latinoamericana que camina hacia la Pascua definitiva.

La I guerra mondiale, i tempi difficili, la mancanza di mezzi, la giovane età, l’impreparazione alla missione… Tutto sembrava essere contro il giovane sacerdote don Giacomo Alberione in quel lontano 20 agosto 1914. Il buon senso consiglierebbe di aspettare tempi migliori… Qualche persona amica consiglierebbe che non è ancora opportuno… Ma il giovane don Alberione fu di tutt’altro parere. L’intuizione divina che ha avuto 14 anni prima – già maturata nel suo cuore e alimentata dalla grande fede e fiducia che Dio è capace di portare avanti la Sua opera nonostante tante cose contrarie, compresa la nostra debolezza umana – gli ha fatto decidere di iniziare l’Opera alla quale Dio l’ha destinato.

Come sono andate le cose dopo, lo sappiamo più o meno tutti. Perché l’Opera di Don Alberione, chiamata oggi “Famiglia Paolina”, è riuscita così bene? Dal punto di vista umano ci voleva poco affinché essa, anche a causa delle reali difficoltà menzionate all’inizio, alle quali poi si è aggiunta una grave malattia del Fondatore, cessasse e venisse stroncata dopo qualche anno. Non necessariamente dopo 104 anni della sua storia la Famiglia Paolina doveva essere presente in 66 Paesi di tutti continenti del mondo. Questo è evidente segno che si tratta di un’opera di Dio. La profonda fede del Fondatore e la grande fiducia nella Divina Provvidenza ci permettono di festeggiare oggi 104 anni dalla nascita della Famiglia Paolina e di ringraziare il Signore per la persona del nostro Fondatore. Lui, infatti, fu capace di seguire, come lui stesso dice, la sua “doppia storia”: la prima, delle «divine misericordie», che sfocia nell’inno di lode che è il «gloria in excelsis Deo...»; la seconda, «la storia umiliante» delle incorrispondenze sulle quali, ogni giorno «medita e piange», fiducioso nel «perdono totale». Ma insiste più sulle «abbondanti ricchezze» elargite da Dio alla Famiglia Paolina, per finire che «tutto è da Dio, tutto ci porta al Magnificat»; cioè al canto dell’umiltà glorificata: in me ha fatto cose grandi l’onnipotente (AD 1-4).

Anche oggi non ci mancano le difficoltà. Mancanza di vocazioni, mancanza di mezzi, tempi difficili, l’impreparazione alla missione, l’impreparazione all’apostolato con i nuovi mezzi moderni… Di fronte a tutta questa complicata realtà non è difficile scoraggiarsi, voler chiudere i battenti… Ma cosa farebbe oggi il nostro Fondatore davanti a tutta questi problemi? Probabilmente, essendo consapevole che partecipa all’Opera di Dio e non alla sua opera, con fede e fiducia nella Divina Provvidenza, come faceva spesso, si metterebbe davanti al Tabernacolo chiedendo luce e forza per andare avanti. Don Alberione ci ripeterebbe che la persona “eletta” per una missione, e realmente cosciente del suo ruolo di servitore, non forza la mano a Dio perché acceleri il tempo delle realizzazioni. Legge i segni di Dio, ma ha pazienza e sa che l’ora di Dio arriva, sempre che non vi mettiamo ostacolo. (AD 44).

“La diffusione del Santo Vangelo in particolare, e della Bibbia in generale, deve rimanere l’opera essenziale dell’Apostolato-Stampa. L’Apostolo della Stampa, che facesse bene questa parte, compirebbe già la parte essenziale di questo ministero; tutto il resto, invece, senza la Bibbia, non sarebbe sufficiente; poiché l’opera Biblica è necessaria ed insostituibile.” Leggete le SS. Scritture, 292, 1933

In Europa la solennità dell’Assunta è come uno “spartiacque” che invita a guardare oltre la pausa estiva, affidando a Dio la ripresa delle attività. In questo spirito, il pensiero corre alla Domenica della Parola che lo scorso anno ci ha visti coinvolti, nelle nostre diverse Circoscrizioni, con esperienze e iniziative di vario tipo.

Quest’anno la Domenica della Parola cade il 30 settembre, giorno in cui si fa memoria di san Girolamo (347-420 ca.), un uomo che alla Scrittura ha dedicato l’intera esistenza. Mentre traduceva i libri biblici dalle lingue antiche, annotava: «Desideriamo tradurre le parole in opere; non solo dire cose sante, ma farle». Studio, ascesi, lavoro, preghiera erano le note dominanti della sua spiritualità biblica che trovava in Cristo la chiave interpretativa fondamentale. Nel Commento a Matteo prima, e nel Prologo a Isaia poi, si ha la sua famosa frase: «L’ignoranza delle Scritture è ignoranza di Cristo».

Per vivere questo appuntamento, il Centro Biblico San Paolo mette a disposizione delle Circoscrizioni un Sussidio (vedi qui) che si apre con alcune delle meditazioni più significative tenute da Papa Francesco sulla Parola di Dio nel corso dell’ultimo anno. Seguono quindi proposte per vivere alcuni momenti celebrativi (con particolare attenzione alla celebrazione eucaristica domenicale), formativi (per approfondire il significato e la storia dei testi biblici) e laboratoriali (per assicurare un clima gioioso all’appuntamento con la Parola).

Il desiderio di un maggiore coinvolgimento dei fedeli e delle comunità, ci ha spinto quest’anno a offrire anche schemi completi che possono essere valorizzati in diverse circostanze: dal pellegrinaggio di impronta biblica, alla processione con la Parola; da esercizi di pietà come il Rosario e la Via Crucis, vissuti con particolare attenzione alla Scrittura, a momenti di preghiera più impegnativi come un tempo prolungato di adorazione eucaristica.

Gli schemi, ovviamente, possono essere adattati secondo le esigenze delle comunità e le tradizioni del luogo in cui si svolgono; ciò che conta è mantenere al centro la Parola, quale fonte viva che guida e illumina la preghiera.

Ci auguriamo che il Sussidio possa essere di valido aiuto a molti e invitiamo tutti i fratelli, nelle varie Circoscrizioni, a farci conoscere le iniziative, le proposte, le esperienze che la passione apostolica suscita nel servizio alla Parola. Anche questo è un modo per condividere e stimolare il nostro crescere nella comune missione.

Bisogna andare negli aeroporti e immergersi nelle stazioni ferroviarie per capire che cos’è l’estate. Molti concretizzano il viaggio sognato e organizzato scrupolosamente tempo addietro con la famiglia o con gli amici. Altri improvvisano la partenza, prendendo al volo l’ultima offerta. Le vacanze sono viaggi, incontri con altri luoghi e culture.

A dir il vero però non tutti possono permettersi partenze costose e perciò si accontentano di percorsi più semplici. Altri, a causa della situazione economica, rimangono a casa e fanno scelte diverse, ben consapevoli delle loro possibilità.

Penso che, sia per chi parte sia per chi rimane, ciò che è decisivo è rendersi conto che sono le relazioni a creare il vero ‘riposo’ di cui tutti abbiamo bisogno; sono le relazioni a donarci un nuovo equilibrio interiore. Incontrare persone o luoghi, culture e mondi sconosciuti, uscire, partire, condividere, accogliersi… lasciare tutto per poi ritornare, appartiene a quella cultura dell’incontro così necessaria per vivere, come spesso ci ricorda papa Francesco. Questa cultura è ciò che ci appassiona come Paolini e che, come apostoli di oggi, desideriamo incrementare con la testimonianza personale e con la nostra presenza nella rete digitale.

In tale prospettiva, allora, il nostro viaggiare può essere documentato da una foto, da un post o da qualche tweet… Non importa la quantità: può bastarne anche uno solo. La rete dà continuità a quelle relazioni personali che viviamo anche in estate, viaggiando appunto. Mentre siamo in vacanza possiamo fare un breve video e metterlo su instagram o facebook. In questo modo alimentiamo le nostre relazioni, e testimoniamo che tutto ciò che c’è di bello e vero, onesto e amabile… (Fil 4,8) è un dono da condividere. Sicuramente è quello che farebbe oggi il giovane Maggiorino Vigolungo durante le sue vacanze estive.

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