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Estimulados por el clima del Año Vocacional Paulino, “para reavivar el don de Dios” que hemos recibido, me parece una óptima ocasión para plantearnos algunas preguntas: ¿Qué sentido tiene hoy la presencia de los Discípulos del Divino Maestro en la Sociedad de San Pablo y en la Familia Paulina? Las jóvenes generaciones de paulinos ¿saben quiénes son estos “Hermanos”? ¿Qué atracción vocacional pueden ejercer en esos jóvenes? Los Discípulos ¿son quizás un residuo del pasado o podemos esperar en el renacimiento de esta vocación, que el Fundador definía como “la columna vertebral de la Sociedad de San Pablo”? (SP, 1937). Ciertamente, muchos Paulinos reaccionarán ante esta mi serie de dudas; por ello me apresuro a lanzar enseguida un ancla de salvación y reverdecer la esperanza y el sentido a favor de esta vocación.

Cuando el Primer Maestro insistía en el estilo de vida de los Discípulos, pidiéndoles “vivir en mayor silenciosidad, casi como un poco apartados; vivir en recogimiento, atender a sus cosas con sencillez y también con docilidad, siempre prontos a lo que el Señor dispone...” (Alberione, Meditación del 3-4-1962), intentaba incorporar en el contexto de la comunidad paulina a personas capaces de vivir la esencialidad de la vida consagrada, libres de la “mundanidad espiritual, que consiste en buscar, en vez de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (Papa Francisco, EG 93). ¿No es esta una exigencia y un reto también para nuestro tiempo?

El Fundador sabía muy bien que en el “cuerpo paulino” era necesario introducir un grupo especial de personas llamadas a ser testigos de una exigencia específica de nuestra misión: ser ante todo “discípulos” de Aquel que deseamos anunciar. Es verdad que todo paulino (paulina), si quiere ser apóstol, debe por encima de todo entrar en la escuela del Maestro; pero es también necesario que algunos vivan este don con más intensidad, como testimonio y “memoria” para todos. Fue justamente esta la “estrategia” del Fundador. En efecto, las varias componentes de la Familia Paulina se distinguen por algún don carismático particular, sin por ello tener la exclusiva: deben solo ser testimonio y memoria para que todos los demás vivan ese mismo don. Desde ahí será más fácil descubrir la riqueza y la actualidad de la vocación de los Discípulos si se descubre la fuerza mística que les anima. El beato Timoteo Giaccardo les definía así: “Son el signum de la devoción al Divino Maestro y también de su incorporación a Él … Son el corazón de la Casa; dañarles es herir el corazón, descuidarles es una endocarditis, fortalecerlos es fortificar el cuerpo” (Timoteo Giaccardo, Q27 TG, 7-7-46). No es poca cosa ser el corazón de la vida comunitaria; ello es más que suficiente para justificar una vocación. Los Discípulos, vistos bajo esta luz, pueden reencontrar su espacio vital viviendo en el estilo que el Fundador tanto recomendó: “no meterán mucho ruido, pero podrán esparcir doquier el bonus ódor Christi” (SP, 1937).